Hermann Göring, el número dos del Tercer Reich que murió antes de enfrentar su sentencia en Núremberg: la historia del hombre que quiso heredar el poder de Hitler

Un aristócrata militar, héroe de guerra, drogadicto, ladrón de arte, y figura clave en los crímenes del nazismo. La historia de Hermann Göring es un retrato crudo del ascenso, el esplendor y la caída del régimen nazi.
Hermann Göring fue durante años el heredero designado por Hitler y la figura más poderosa del Tercer Reich tras el propio FührerHermann Göring fue durante años el heredero designado por Hitler y la figura más poderosa del Tercer Reich tras el propio Führer
Hermann Göring fue durante años el heredero designado por Hitler y la figura más poderosa del Tercer Reich tras el propio Führer. Crédito: Wikimedia

Hermann Göring fue, durante más de una década, la figura más poderosa del Tercer Reich después de Adolf Hitler. Su nombre estuvo asociado al terror, a la ostentación y a la brutal maquinaria de guerra nazi. Fue un hombre que combinó sin pudor su pasión por la caza, los uniformes extravagantes, el arte robado y los festines, con su papel central en algunos de los peores crímenes del siglo XX. Y sin embargo, su vida fue también una tragicomedia marcada por la adicción, el autoengaño y una caída estrepitosa. Su final, en una celda de Nuremberg, dejó sin la imagen que muchos esperaban: la del número dos de Hitler colgando de la horca.

Nacido en 1893 en Rosenheim, en el seno de una familia acomodada con lazos militares y coloniales, Göring se formó desde joven en academias castrenses. Su talento como piloto en la Primera Guerra Mundial lo convirtió en un héroe nacional. Con 22 derribos confirmados y al mando del mítico escuadrón del “Barón Rojo” tras la muerte de Manfred von Richthofen, Göring emergió del conflicto con la cruz Pour le Mérite, la más alta distinción militar alemana. Pero el fin de la guerra también fue el principio de su deriva. Desorientado en la turbulenta República de Weimar, alternó trabajos como piloto civil en Escandinavia con una vida social intensa. En Suecia conoció a la aristócrata Carin von Kantzow, su gran amor, con la que regresó a Alemania en 1922.

Ese mismo año, su vida cambió para siempre tras asistir a un mitin de un partido marginal liderado por un exsoldado austriaco llamado Adolf Hitler. Impresionado por su retórica, Göring se unió de inmediato al Partido Nacionalsocialista. Su estatus de héroe de guerra y su capacidad organizativa le valieron el liderazgo de las SA, las milicias paramilitares nazis. En el fallido golpe de Estado de 1923, el célebre Putsch de Múnich, fue gravemente herido por la policía. Para calmar los dolores, comenzó a consumir morfina. Fue el inicio de una adicción que arrastraría durante toda su vida.

Durante su exilio en Austria e Italia, vivió años de penurias económicas, internamientos psiquiátricos y dependencia total de su esposa Carin. Su deterioro físico y mental fue tal que el propio Hitler lo consideró inútil para el partido durante un tiempo. Solo tras el regreso de Göring a Alemania en 1927, beneficiado por una amnistía, pudo volver a la primera línea. Con esfuerzo, logró recuperar su puesto en la cúpula nazi y fue elegido diputado en 1928. Desde entonces, su carrera política despegó.

Göring supo moverse como pocos entre los círculos del poder. Usó sus conexiones con industriales conservadores para allanar el camino de Hitler hacia la cancillería. En 1932 fue nombrado presidente del Reichstag, y un año más tarde, tras la llegada de Hitler al poder, se convirtió en ministro del Interior de Prusia, la región más grande del país. Desde ese puesto, creó la Gestapo y organizó la represión política contra comunistas, socialdemócratas y judíos. Fue él quien permitió que miembros de las SS actuaran como policías, iniciando una violencia institucionalizada sin precedentes.

Adolf Hitler, Wilhelm Frick y Hermann Göring saludan a un desfile de antorchas celebrado para celebrar el nombramiento de Hitler como canciller. Detrás de Göring se encuentra Rudolf Hess. Berlín, 30 de enero de 1933

Su poder se consolidó tras la Noche de los Cuchillos Largos en 1934, cuando persuadió a Hitler de eliminar a la cúpula de las SA, que amenazaba el apoyo del Ejército al nuevo régimen. La purga, ejecutada con precisión quirúrgica por la SS y coordinada desde la sombra por Göring y Himmler, dejó decenas de muertos. A partir de entonces, Hitler confió plenamente en su viejo camarada, al que nombró oficialmente su sucesor en caso de incapacidad.

Como jefe supremo de la Luftwaffe, Göring fue el responsable de construir una fuerza aérea que, en sus inicios, deslumbró al mundo. Pero su ambición no se limitaba al ámbito militar. A partir de 1936, dirigió el ambicioso Plan Cuatrienal, con el que pretendía preparar a Alemania para una guerra total. Para ello fundó el consorcio “Reichswerke Hermann Göring”, que se convertiría en una de las mayores empresas industriales de Europa, basada en la explotación de recursos en los países ocupados y en el uso masivo de trabajo forzado. Más de medio millón de personas, muchas de ellas judías o prisioneros de guerra, trabajaron como esclavos para su imperio económico.

En paralelo, Göring acumulaba riqueza, propiedades, arte robado y títulos. Su mansión de Carinhall, bautizada en honor a su difunta esposa, era un palacio barroco repleto de antigüedades y cuadros expoliados. Entre los animales exóticos que paseaban por sus jardines se encontraban leones y ciervos, y su tren privado incluía desde sala de operaciones hasta vagones con automóviles de lujo.

A pesar de su carácter extravagante y su sobrepeso, era una figura carismática para muchos alemanes. Mientras Hitler se mostraba austero, Göring representaba la imagen de una Alemania victoriosa y rica. Su boda con Emmy Sonnemann, una actriz de teatro, fue tratada como un evento de Estado, y su hija Edda fue celebrada como un símbolo del futuro del Reich. Pero esa imagen se derrumbó con el fracaso de la Luftwaffe en la Batalla de Inglaterra. Göring prometió someter a los británicos desde el aire, pero el poderío aéreo nazi no pudo con la RAF ni con el sistema de defensa británico, basado en radares y coordinación estratégica. Fue la primera gran derrota de su carrera, y el principio del declive.

A pesar de las derrotas sucesivas, se mantuvo en su puesto gracias a su cercanía con Hitler. Pero su implicación en las políticas antisemitas también fue total. Tras los pogromos de la Noche de los Cristales Rotos en 1938, fue el encargado de coordinar la política económica antijudía. Ordenó la confiscación de propiedades, la expulsión sistemática de los judíos del sistema económico y la imposición de multas colectivas. En julio de 1941, fue él quien firmó el documento que autorizaba a Reinhard Heydrich a organizar la “Solución Final”. Aunque trató de desvincularse durante los juicios de Nuremberg, su implicación fue clave.

En los últimos años de la guerra, la figura de Göring se volvió patética. Apartado de muchas decisiones, refugiado en su mansión, engordando y sumido en su adicción, cada vez tenía menos influencia. En 1945, al ver que el Tercer Reich se derrumbaba, envió un telegrama a Hitler sugiriendo asumir el mando, amparándose en el decreto de 1934. Hitler, convencido por Martin Bormann de que se trataba de una traición, lo despojó de todos sus cargos y ordenó su arresto.

El 7 de mayo de 1945, Göring se rindió a los estadounidenses en Baviera. Durante su cautiverio, perdió más de 35 kilos, fue desintoxicado y mostró una lucidez que sorprendió a sus captores. Su comportamiento en Nuremberg fue el de un político astuto que intentó justificarse, deslindarse de los crímenes del régimen y presentarse como un patriota. Pero la evidencia era abrumadora.

Condenado a muerte en 1946 por crímenes de guerra, crímenes contra la humanidad y conspiración para cometer agresiones, solicitó ser fusilado, en lugar de ser ahorcado. El tribunal rechazó su petición. La noche anterior a su ejecución, logró suicidarse con una cápsula de cianuro oculta en su celda. Aún hoy, se desconoce cómo obtuvo el veneno. Algunos apuntan a la complicidad de guardias, otros a un escondite que mantuvo durante meses.

Así terminó la vida del hombre que soñó con heredar el Tercer Reich. Su cuerpo fue incinerado y sus cenizas esparcidas en secreto, junto a las de otros condenados, para evitar que su tumba se convirtiera en un lugar de peregrinación. Hermann Göring dejó tras de sí un legado de destrucción, ambición y una advertencia sobre cómo el poder, envuelto en seducción y violencia, puede devorar incluso a sus más brillantes artífices.