

Hablar de Saladino es hablar de uno de esos personajes que desbordan la caricatura. En muchos relatos occidentales aparece como el gran antagonista de Ricardo Corazón de León, una especie de enemigo noble en el decorado épico de las cruzadas. Pero esa imagen, aunque no sea del todo falsa, se queda corta. Desde la otra orilla del Mediterráneo, Saladino fue mucho más que el rival de un rey cruzado: fue el fundador de una dinastía, el artífice de una gran confederación política y militar y el dirigente que logró recuperar Jerusalén para el islam en 1187, un acontecimiento que sacudió a Europa y alteró el equilibrio del Próximo Oriente medieval.
Su nombre completo fue Salah ad-Din Yusuf ibn Ayyub. “Saladino” no deja de ser la forma occidentalizada de un título que aludía a la rectitud de la fe. De origen kurdo y musulmán suní, nació en Tikrit en 1137 o 1138 y creció en un mundo marcado por la fragmentación política, las rivalidades entre poderes musulmanes y la presencia consolidada de los estados cruzados establecidos tras la Primera Cruzada. Aquel escenario, convulso y cambiante, fue el terreno sobre el que construyó una carrera fulgurante.
Su familia no era irrelevante. Su padre y su tío ocupaban posiciones destacadas dentro del poder sirio, y eso permitió al joven Yusuf moverse pronto en círculos donde la política y la guerra iban de la mano. El traslado a Damasco, una de las grandes ciudades del Oriente próximo, fue decisivo. Allí se formó en un ambiente en el que la idea de la yihad contra los cruzados estaba cada vez más presente. Sin embargo, su ascenso no fue el de un predestinado evidente, sino el de un hombre que supo aprovechar coyunturas críticas, alianzas frágiles y vacíos de poder.
El primer gran escenario de su carrera fue Egipto. En la década de 1160, el país se había convertido en objetivo de una pugna feroz entre los poderes sirios y los estados cruzados. Su riqueza y la debilidad del califato fatimí lo hacían demasiado valioso como para quedar al margen. Saladino acompañó a su tío Shirkuh en las campañas egipcias, y lo que parecía una etapa de aprendizaje terminó convirtiéndose en el gran punto de inflexión de su vida. Cuando Shirkuh murió en 1169, apenas dos meses después de hacerse con el control efectivo del territorio, Saladino fue nombrado jefe de las fuerzas sirias y visir en Egipto.
Aquella designación no garantizaba nada. Su posición era inestable, se enfrentó a conspiraciones, intentos de asesinato y una situación política extremadamente delicada. Pero logró afianzarse. Dos años después, abolió el califato fatimí y se convirtió en el gran gobernante de Egipto bajo una nueva dinastía: la ayubí. Ese ascenso fue especialmente llamativo porque colocó a un dirigente kurdo suní al frente de un territorio que había estado bajo dominio chií. Fue una operación política de enorme calado, no solo una sustitución de gobernantes.
De Egipto a Siria: el largo camino hacia un poder casi unificado
A partir de entonces, Saladino ya no fue solo un militar con fortuna. Tuvo que aprender a gobernar, a recaudar, a castigar a los disidentes, a rodearse de administradores fieles y a convertir una conquista en un régimen duradero. Egipto fue la base de su poder, pero su ambición no terminaba allí. Mantuvo durante un tiempo una lealtad formal hacia Nur al-Din, el gran soberano sirio bajo cuyo paraguas había prosperado. Sin embargo, la relación acabó deteriorándose.
La muerte de Nur al-Din en 1174 cambió el tablero. También falleció el rey de Jerusalén poco después. Saladino aprovechó esa combinación de vacío político y oportunidad estratégica para dar el salto a Siria. Entró en Damasco, consolidó allí su posición y fue extendiendo su autoridad sobre otros territorios mediante una mezcla de fuerza militar, diplomacia y oportunismo calculado. No construyó un estado plenamente unificado en el sentido moderno, sino una confederación frágil, cosida con pactos, lealtades familiares y prestigio personal. Aun así, hacia 1186 había logrado algo extraordinario: reunir bajo su liderazgo Egipto, Siria y amplias zonas de Mesopotamia y Palestina.
Ese proceso ayuda a entender una cuestión esencial sobre su figura. Saladino no fue solo un campeón religioso ni únicamente un constructor de imperio familiar. Fue ambas cosas a la vez. La documentación contemporánea lo presenta como un gobernante piadoso, comprometido con la promoción del sunismo y particularmente sensible al valor de Jerusalén, la tercera ciudad santa del islam. Pero al mismo tiempo actuó como fundador de una casa dinástica y como político con un agudo instinto de poder. Reducirlo a fanatismo o a idealismo religioso sería deformarlo.
También su imagen personal fue resultado de un trabajo político. Los autores cercanos a su entorno contribuyeron a construir una figura ejemplar: devoto, generoso, austero, amante de la poesía y enemigo de la vanidad. Es evidente que hubo propaganda. Pero también es cierto que incluso algunas fuentes cristianas reconocieron en él cualidades poco comunes entre sus adversarios. Esa mezcla de eficacia militar y reputación de clemencia explica buena parte de su posteridad.
Antes de convertirse en el gran vencedor de 1187, sin embargo, conoció derrotas severas. La más humillante fue Montgisard, en 1177, donde sufrió un duro revés frente a las fuerzas del reino de Jerusalén. No fue una simple anécdota. Aquella derrota mostró que los estados cruzados seguían siendo una fuerza militar capaz y que la hegemonía de Saladino estaba lejos de ser indiscutible. Pero también demostró su capacidad de recuperación. Poco a poco fue reforzando su posición, desgastando a sus rivales y acumulando recursos para una ofensiva decisiva.
Hattin y Jerusalén: el año que cambió la historia del Mediterráneo oriental
El momento definitivo llegó en 1187. El pretexto inmediato fue el ataque franco a una caravana musulmana en la región de Transjordania, pero las causas profundas venían de mucho antes. Saladino llevaba años preparando la gran confrontación. Reunió tropas de distintos puntos de sus dominios y lanzó una campaña a gran escala contra el reino de Jerusalén. Su maniobra sobre Tiberíades obligó a los francos a salir a campo abierto, y esa decisión resultó fatal.
La batalla de Hattin, librada el 4 de julio de 1187, fue una catástrofe para los cruzados. Sedientos, hostigados, atrapados en condiciones infernales y superados por las fuerzas de Saladino, el ejército del reino de Jerusalén quedó prácticamente destruido. La captura de la Vera Cruz, uno de los mayores símbolos espirituales de la cristiandad latina en Tierra Santa, dio a la victoria una dimensión aún más demoledora. Hattin no fue solo una gran batalla ganada: fue el derrumbe de la capacidad militar del reino cruzado.
Después de Hattin, el camino hacia Jerusalén quedó abierto. En pocas semanas, Saladino fue tomando ciudades clave que habían estado bajo dominio franco. Cuando llegó ante las murallas de la Ciudad Santa en septiembre de 1187, la memoria de 1099 seguía pesando. Entonces, durante la conquista cruzada de Jerusalén, la violencia había sido brutal. Muchos temieron una represalia equivalente. No ocurrió.
Jerusalén capituló el 2 de octubre de 1187, tras 88 años de dominio franco, y Saladino optó por una entrada con escaso derramamiento de sangre. Permitió rescates, facilitó la salida de muchos habitantes y evitó una matanza indiscriminada. Hubo transformaciones religiosas evidentes, como la reconversión de espacios cristianos en mezquitas, pero también se preservaron lugares esenciales para otras comunidades cristianas. Ese comportamiento fue clave en la consolidación de su reputación de gobernante magnánimo.
Aquella conquista lo elevó a una cima política y simbólica inmensa. Pero tuvo un coste inmediato: Europa reaccionó. La pérdida de Jerusalén desencadenó la Tercera Cruzada, convocada con la intención explícita de recuperar la ciudad.
El pulso con Ricardo Corazón de León y el final de una vida agotada
A la llamada acudieron tres de los grandes poderes de Occidente: Federico Barbarroja, Felipe Augusto de Francia y Ricardo I de Inglaterra. Aunque Barbarroja murió en ruta y su ejército se descompuso, la llegada de los otros contingentes convirtió la guerra en un desafío de primera magnitud. Saladino se enfrentaba ahora no solo a los restos de los estados cruzados, sino a una movilización continental.
La campaña fue larga, agotadora y cambiante. Tiro, que no había caído en sus manos, se convirtió en un punto de resistencia decisivo. Acre pasó a ser el gran escenario del conflicto. El asedio fue tan complejo que durante un tiempo la situación pareció invertirse: los cruzados sitiaban la ciudad y Saladino sitiaba a los sitiadores. Al final, la llegada de Ricardo y Felipe inclinó la balanza. Acre cayó en 1191.
La guerra continuó. Ricardo derrotó a Saladino en Arsuf y más tarde volvió a imponerse en Jaffa, pero eso no bastó para tomar Jerusalén. El rey inglés era un comandante formidable, aunque también supo ver los límites de su empresa. Incluso si lograba entrar en la ciudad, mantenerla resultaba otra cuestión muy distinta. La logística, el clima, la distancia y el desgaste hacían de Jerusalén un premio difícil de conservar. Saladino, por su parte, estaba enfermo, financieramente presionado y sometido al peso de años de campaña. Ninguno de los dos estaba en condiciones de obtener una victoria total.
La solución fue la negociación. En septiembre de 1192 se acordó una tregua de tres años y ocho meses. Jerusalén siguió en manos musulmanas y se permitió el acceso de peregrinos cristianos. No era el triunfo absoluto de nadie, pero sí una constatación esencial: la Tercera Cruzada no había logrado revertir la gran victoria política de Saladino.
Murió pocos meses después, el 4 de marzo de 1193, en Damasco, la ciudad que más apreciaba. Tenía poco más de cincuenta años. Según la tradición transmitida por las fuentes, dejó escasos recursos personales, en parte por su conocida generosidad. Más allá de la imagen idealizada, lo que resulta indiscutible es que cambió la historia del Próximo Oriente medieval. Derrotó a los cruzados en el campo de batalla, recuperó Jerusalén y obligó a Europa a responder con una de las mayores expediciones militares de la Edad Media. No es extraño que, siglos después, siga siendo recordado a la vez como héroe islámico, adversario legendario de la cristiandad latina y una de las figuras más complejas del siglo XII.