La verdadera historia del psiquiatra que se adentró en la mente de los nazis en Núremberg y descubrió algo que nadie quería oír

Douglas Kelley trató de descifrar el mal estudiando a los líderes del Tercer Reich durante los juicios de Núremberg, pero su obsesión con entenderlos lo llevó por un camino tan oscuro como el de sus pacientes.
Para Douglas Kelley, los juicios de Núremberg no solo eran justicia en marcha, eran la ocasión perfecta para asomarse al interior de las mentes que habían sostenido al Tercer ReichPara Douglas Kelley, los juicios de Núremberg no solo eran justicia en marcha, eran la ocasión perfecta para asomarse al interior de las mentes que habían sostenido al Tercer Reich
Para Douglas Kelley, los juicios de Núremberg no solo eran justicia en marcha, eran la ocasión perfecta para asomarse al interior de las mentes que habían sostenido al Tercer Reich. Crédito: Wikimedia

Pudo haber sido recordado como un pionero de la salud mental militar, un visionario de la neuropsiquiatría y un referente del análisis criminal moderno. Pero el nombre del doctor Douglas Kelley ha quedado sepultado en un rincón oscuro de la historia, eclipsado por las figuras siniestras que estudió en los juicios de Núremberg. Su historia, a medio camino entre el heroísmo, la obsesión y la tragedia personal, se entrelaza con la de Hermann Göring, el lugarteniente de Hitler, a quien Kelley intentó comprender, analizar y quizás —aunque nunca lo admitiría— emular. Lo que empezó como una misión científica terminó como un relato con tintes de novela negra.

En noviembre de 1945, el mundo entero observaba el juicio más importante del siglo XX. Por primera vez, los crímenes de guerra cometidos por un Estado eran juzgados por un tribunal internacional. Veintidós altos mandos nazis, entre ellos Göring, Rudolf Hess y Joachim von Ribbentrop, se sentaban en el banquillo, en lo que debía ser una lección moral para la humanidad. Sin embargo, entre bastidores, otro juicio más complejo se desarrollaba en las celdas de la prisión de Núremberg: el intento de descifrar qué había llevado a personas aparentemente normales a cometer actos monstruosos. Esa tarea recaía sobre los hombros del joven psiquiatra estadounidense Douglas Kelley.

Con solo 32 años, Kelley era ya un profesional de prestigio. Formado en Berkeley y especializado en salud mental en contextos militares, había desarrollado métodos para tratar lo que hoy se conoce como trastorno por estrés postraumático en soldados de la Segunda Guerra Mundial. Su enfoque no era convencional. Creía que el cerebro humano, en situaciones límite, revelaba patrones psicológicos que podían estudiarse como si fueran mecanismos de un reloj. Así llegó a Núremberg con un objetivo: determinar si los criminales nazis estaban en su sano juicio. Lo que encontró lo cambiaría para siempre.

Lejos de la caricatura del nazi brutal, Hermann Göring se mostraba en prisión como un hombre elocuente, seductor y de gran inteligencia. Antiguo as de la aviación en la Primera Guerra Mundial, héroe nacional y arquitecto de las instituciones más siniestras del Tercer Reich —como la Gestapo y los campos de concentración—, Göring era también un narcisista consumado. Se consideraba un patriota injustamente acusado y se mostraba orgulloso de su papel en la Alemania nazi. Para Kelley, aquello era un enigma fascinante. ¿Cómo podía una persona tan culta y carismática haber sido responsable de tanto horror?

Durante seis meses, Kelley mantuvo entrevistas con todos los acusados, pero su relación con Göring fue especialmente intensa. Ambos compartían una vanidad notable, un interés por la mente humana y, curiosamente, una afición por la magia. Kelley, además de psiquiatra, era un apasionado ilusionista amateur. Usaba trucos de magia para sacar a sus pacientes de su rigidez y evaluar sus reacciones. En cierto modo, consideraba que el proceso terapéutico debía tener algo de espectáculo. Con Göring, esta afinidad generó un vínculo particular, casi de respeto mutuo, que terminó obsesionando al psiquiatra.

Kelley se convenció de que los líderes nazis no eran enfermos mentales ni psicópatas en el sentido clínico. Eran hombres normales, muchos de ellos educados y racionales, que habían justificado sus actos por ideologías o lealtades políticas. Este hallazgo fue tan perturbador como revelador. Para Kelley, el verdadero peligro no residía en los individuos “dementes”, sino en la capacidad del ser humano corriente para abrazar el mal bajo ciertas circunstancias. Su conclusión era clara: cualquier sociedad podía producir genocidas si las condiciones eran propicias.

Pero sus ideas no fueron bien recibidas en Estados Unidos. En una época marcada por la euforia del triunfo aliadófilo y la incipiente Guerra Fría, afirmar que los nazis no eran monstruos sino personas comunes no era un mensaje popular. Su libro, 22 celdas en Núremberg, publicado en 1947, pasó desapercibido. Los lectores buscaban consuelo, no advertencias incómodas. Kelley, frustrado, se refugió en su trabajo, aplicando su conocimiento al mundo del crimen. Colaboró con la policía y llegó a asesorar en producciones de Hollywood, como Rebelde sin causa, donde analizó los conflictos psicológicos del personaje de James Dean.

Sin embargo, el desencanto se fue apoderando de él. El sueño de prevenir futuros genocidios mediante el estudio científico de la mente humana se estrelló contra una sociedad indiferente. Para colmo, su vida personal se desmoronaba. El psiquiatra que analizaba a los demás era incapaz de enfrentarse a sus propios demonios. Se volvió alcohólico, violento con sus hijos, y rechazaba cualquier forma de ayuda psicológica por temor a ser evaluado por colegas. Lo más inquietante es que conservaba, entre sus objetos personales, numerosas pertenencias traídas ilegalmente desde Núremberg: libros firmados por los acusados, documentos clasificados, radiografías del cráneo de Hitler y hasta un frasco con paracodeína, el opioide que usaba Göring para calmar los dolores provocados por una herida de bala.

Entre esos recuerdos también había una cápsula de cianuro, similar a la que Göring usó para suicidarse antes de ser ejecutado. Aunque nunca se confirmó si se trataba de la misma sustancia, el desenlace fue estremecedor. El 1 de enero de 1958, tras una discusión doméstica, Kelley subió a su estudio, tomó un frasco con una sustancia blanca y gritó ante su familia que no podía más. Lo siguiente fue su cuerpo convulsionando por el veneno, en una escena que parecía calcada de la muerte de Göring una década antes. Tenía 45 años.

¿Qué llevó a uno de los psiquiatras más brillantes de su generación a elegir ese final tan simbólico? Es difícil saberlo con certeza. Algunos investigadores creen que se sintió vencido por el fracaso de su misión. Otros apuntan a una identificación patológica con Göring, alimentada por la fascinación que desarrolló hacia él. Lo cierto es que Kelley dejó un legado inquietante: la advertencia de que el mal no siempre se presenta con rostro monstruoso, sino que puede habitar en personas comunes, bajo la apariencia de normalidad.

Hoy, más de 80 años después de los juicios de Núremberg, el mensaje de Kelley resuena con fuerza en un mundo donde el autoritarismo y la desinformación vuelven a tomar protagonismo. La historia del psiquiatra que intentó entender a los nazis y terminó consumido por su propia oscuridad no solo nos habla del pasado, sino que nos interpela en el presente. ¿Estamos preparados para enfrentar el lado más sombrío de nuestra propia naturaleza? ¿O preferimos seguir creyendo que los genocidas son siempre “los otros”?

El reciente interés por su figura, impulsado por una nueva película sobre los juicios de Núremberg, puede ser una oportunidad para redescubrir la importancia de su trabajo. En los archivos que Kelley dejó a su familia, rescatados por el periodista Jack El-Hai, se encuentra un testimonio único de aquellos meses intensos: notas clínicas, reflexiones personales, y el retrato de un hombre atrapado entre el deber profesional y el vértigo existencial. Como si intuyera su final, Kelley escribió una vez que la verdadera lección de Núremberg era que todos llevamos dentro el germen del autoritarismo, y que solo la educación, la empatía y la vigilancia constante pueden impedir que florezca.

Su historia es incómoda, sí. Pero también profundamente humana.